miércoles, 23 de noviembre de 2016

Alegoría cíclica de la pena de muerte


Alegoría (cíclica) de la pena de muerte

Era una vez un tipo al que habían matado un perro.
Y no era que lo echase demasiado en falta, pero sí era verdad que ahora se sentía muy solo. Egoísta o compasivo, no pudo esperar más y aquella misma tarde se levantó del sofá, fue al mercado del barrio y compró un cachorro.
Aquel perrito juguetón le tenía verdaderamente embobado, por eso todo eran caricias, afectos y melindres, piensos adecuados para su raza y juguetes caninos que ya quisieran los niños del extrarradio.
Ni el asesinato de sus padres durante el atraco a una hamburguesería le había llevado a solicitar en su puesto la excedencia laboral que hoy, a regañadientes, le era concedida. Necesitaba estar junto al perrito.

El mismísimo César Millán le parecía un psicópata que le torturaba durante el sueño del cachorro: los toques de atención del encantador de perros eran para el amo verdaderas llagas a la autoestima perruna. Para el dueño no debían existir términos como entrenamiento, adaptación o disciplina; todo podía sustituírse por golosinas y caricias.
Pero también las caricias y las golosinas requerían su tiempo y su dinero, tiempo y dinero que no podía seguir restando a su vida profesional. Poco a poco, nuestro amo regresó al trabajo y fue rescatando aquellos minutos que había robado a su vida para regalarlos a su perro. Luego fue rescatando las horas, los días...
Como ya no le prestaba atención, el perro se tornaba furibundo y agresivo, a medida que crecía y se desarrollaba.
Sucio, hambriento, absolutamente desatendido, un día el perro escapó y mordió en el cuello a un conocido vecino del barrio, terminando con su vida, casi en el acto.
Movida por la indignación y la ira, una muchedumbre acorraló al perro y le dio muerte allí mismo, ante la mirada atónita de su dueño, que sólo pudo acertar a disculparse y renegar de la actitud del animal.
Era una vez un tipo al que habían matado un perro.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Revista Planeta Humano, recordándote

planeta humano revista
Planeta Humano, nunca debimos permitir que desapareciera

Algo más de 8 años pesan sobre esta entrada que puse una mañana, después de constatar que la oferta cultural del quiosco, apenas llegaba a publicaciones sobre historia, superación personal y una National-Geographic.

Cuando internet apenas era un sueño militar y no había manera de acceder a iniciativas filantrópicas, proyectos alternativos o historias de la buena gente, la revista Planeta Humano nos cautivó. Los soñadores al fin teníamos el norte en una brújula veleidosa que ya dábamos por falsa.

Dominique Lapierre, Muhamad Yunus, Fukuoka, Rigoberta Menchú, Robert Montgomery (el verdadero hombre que susurraba a los caballos), la tribu de los Zo'e, la permacultura... Se nos mostraba un nuevo horizonte que nos alegraba el corazón y nos invitaba a pensar que no todo estaba perdido.
Por encima de todo, me quedé prendado de un reportaje sobre la escuela judío-palestina de Neve Shalom - Wahat al-salam, el oasis para la paz que encontrábamos en un desierto ético y cultural cada vez más implacable.
¿Por qué ya hoy nadie habla de proyectos así? ¿por qué todos los medios parecen empeñados en convencernos de que sólo hay odio y desencuentro entre nosotros? ¿por qué nadie habla de soñadores y soñadoras que dan y han dado lo mejor de la vida justo para que vivamos una vida mejor?
Mi primer ejemplar lo adquirí en una librería de Córdoba, allá por los 90, y lo estuve siguiendo hasta su desaparición. Lo más que pude hacer fue imitar la maquetación de una de sus bellas secciones y señalar, simplemente, que era un proyecto extraordinario, inundado de un talento poco común.

"¿Planeta Humano? - preguntó con tristeza Robert Montgomery, al presentarse el periodista de la publicación - Quizá sea ése el problema, que a lo mejor nos hemos creído que es nuestro".

miércoles, 26 de octubre de 2016

Sur la Grand-Place (fotocuento completo)

grand-place-bruxelles
Grand-Place (Bruselas)


Aunque pueda parecer la imagen captada por un voyeur sin demasiada vocación, la cámara no se había movido de su sitio aquella noche de julio de 2010, cuando llegó una chica rubia, caminando descalza y se recostó sobre los pulidos adoquines de la Grand-Place.


Hizo el movimiento con una gran seguridad, tan veloz que me recordó a la contorsionista de un circo itinerante de esos que pasaban la gorra, hará unos veinte años.


Recuerdo que le escribí unos versos sobre la foto de un almendro. A la mañana siguiente fui a entregarle aquella especie de poema descacharrado, pero el circo ya había partido.

Ya no recuerdo cómo era aquello de estar profundamente enamorado de alguien a quien sabes de sobra que nunca volverá a cruzarse en tu camino. Pero me parece que era maravilloso.

lunes, 17 de octubre de 2016

Recordando en las sombras

En las sombras · Fontaine dans le Jardin du Luxembourg
En las Sombras - Jardin du Luxembourg

Este breve relato fue inspirado por la fotografía de la fuente que lo acompaña, y que fue hecha en los Jardines de Luxemburgo (París).

Una especie de coro de estatuas rodeaba esta fuente que se iluminaba por un bello juego de luces cuando caía la tarde.

La gente pasaba la tarde leyendo, charlando o trabajando, allí sentada. En todos, ancianos y niños, brillaba el júbilo en sus rostros, pero un adolescente fruncía su ceño embebido en la pantalla de un teléfono móvil (aparece en la foto, a la izquierda). Fue justo en ese instante cuando disparé la cámara, una vieja Nikon que siempre va acompañada del 18-300.

Me pareció que aquel muchacho se perdía París, que estaba cambiando toda la vegetación de sus parques, la luz del atardecer y el trino de los pájaros, por un miserable cuadradito impertinente que continuamente le exigía datos y dinero. 
¿Cómo alguien podía estar enfurruñado aquella tarde?
Tuvimos la suerte, además, de disfrutar de un concierto al aire libre de piano, en el que un pianista interpretaba a Chopin. Cientos de personas escuchábamos embelesados la música, sentados o de pie.
Aplaudimos hasta que nuestras manos enrojecieron, porque aquella tarde en los Jardines de Luxemburgo, hasta el dolor ondeaba con una deliciosa intensidad.
Era un fotocuento necesario, sin duda.

>> Puedes leer el fotocuento completo aquí <<

jueves, 6 de octubre de 2016

Un poquito de Soledad

soledad en el bar azul


Rescatando fragmentos:

Soledad en el Bar Azul

>>Fotocuento completo aquí<<


Realizado en el IES Ramón Carande, Jerez de los Caballeros (Badajoz)

martes, 20 de septiembre de 2016

Nadie ¿basado en hechos reales?


Nadie. Dos. Dos y una. Dos copas, una botella; cava, gominolas. Gominolas, bombones, pétalos de rosa, rosas, jazmines, un chaqué mal doblado, vagos de arroz, el velo blanco, un hombre, una mujer, inquietos, intrigados, expectantes. Nadie abría el cajón de la mesilla, nadie. Nada había en él, ni móvil, ni tarjetas, ni gafas, ni llaves. Nada había. Nadie abría nada. Nadie.
Hubo allá, en tiempos, una niña aburrida merodeante; unos padres sorbiendo ponche en la ceremonia de sociedad, abajo, en el salón y, alocada, una amante, una querida sin rumbo, sin corsé ni rumbo, y un abuelo cazador que maldecía en medio de los valses.
Hubo una niña aburrida que registraba el cajón mientras la querida apartaba a papá del tumulto y lo conducía al cuarto de aseo que usaba el servicio: camareros, criadas, mayordomos, cocineras, amantes...
Hubo una esposa dolida que, aturdida de celos, encarrilaba el pasillo del sótano. Un abuelo que sangraba orgullo mientras juraba venganza en el salón, rifle en mano. Hubo un glissando descendente, anunciando que la orquesta se desperdigaba, una criada cómplice que daba aviso al semental; un señorito que saltaba por el respiradero y se escabullía entre los árboles; hubo un anciano cazador que corría hacia el porche, zigzagueante.
Y en el vapor agridulce de la fiesta, sonó un trueno, se estremecieron los collares, se quebró el cristal de los monóculos. Comenzó a llover. Los relojes de platino detuvieron sus mecanismos palpitantes...
Hubo confusión al punto:
Si no hay tormenta – si no he sido yo – si no ha sido el rifle – si no está cargado – si no ha sido nadie... 
Y luego, todos corriendo, tropezando, corriendo y corriendo escaleras arriba, y después llanto, dolor, histeria, dolor y más llanto: El augusto cazador, el semental ilustre y su oficial abnegada enjugando sus rostros ante una niña fría, un ardiente revólver y el cajón abierto en la mesilla; justo donde hoy medita, recién estrenado, el joven matrimonio. Si yo no lo he abierto, ni tú lo has abierto – indaga el marido – ¿Quién es quien lo abre? Aletea entre sus piernas una sombra diminuta, despavorida, que sale de debajo de la cama, sonríe y se evade. Nadie.

martes, 29 de marzo de 2016

El toro que no era Ferdinando - (I de IV)

 - Basado en hechos reales -
toro ferdinando torico fuente teruel
El toro que no era Ferdinando


Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5:5)
Todos vimos cómo resollaban los toros bravos por la rejilla del remolque. Habíamos madrugado para poder contemplarlos, pero el día de nuestra Patrona anunciaba tormentas y nos llevaba a pensar que la función de esa tarde se suspendería. Estaba proyectado uno de esos espectáculos de recortadores (personas que esquivan con acrobacias las embestidas del animal), en los que pocas veces hay sangre ni violencia, gracias a la pericia de los chicos, aunque sí son corrientes los duros golpes, las contusiones y los sustos mortales.
Sin que nadie lo notara, las nubes habían ido fraguando un colosal conjunto de grumos negros. Aun así, acudimos todos a la plaza porque la sola estampa de los morlacos merecía el riesgo y el riesgo era, justamente, lo que allí nos congregaba. Nos dábamos codazos por ver a los toros, ahora en los corrales, allí todos tan adustos, amenazante la mirada, su monumental estructura, las narices lanzando violentos chorros de vapor contra el viento de la tarde como si rebosaran de las mismísimas calderas del infierno, concebidos para dar muerte al extraño.
Lloviese o no, los recortadores saltarían a la arena del coso: Eran malos tiempos para rechazar trabajos, aunque estuviesen empeñados con la vida. Comentaban, de hecho, que un recortador era abogado en ejercicio, y que otro de los chicos había logrado una matrícula de honor aquel mismo año, en el segundo curso de medicina.
Lloviese o no, los toros galoparían feroces, recorrerían el círculo rabiosos, babeantes, dispuestos a verter la última gota de sangre por el rebaño que custodiaban y del que tan bruscamente habían sido apartados.
Los muchachos ya calentaban sus músculos en el centro de la plaza, ataviados con camiseta y pantalón de color blanco, ciñendo una faja roja a la cintura. Cayeron las primeras gotas de lluvia. Conforme avanzase la tarde, la arena terminaría convirtiéndose en un lodazal resbaladizo, como una trampa redonda y mortal. Parecía ésta una contingencia que los recortadores, a juzgar por la descompostura de sus rostros, no se habían detenido a considerar. Todos los presentes guardábamos silencio, hasta, alguno, pensaba si no hubiera sido mejor suspender directamente el espectáculo. Sonaron clarines y timbales. Un monosabio recorrió el perímetro de la plaza con la cartela que tenía apuntados con tiza los datos del primer animal: estaba marcado por el hierro de La Corte, era de color negro zahíno y había arrojado en la báscula seiscientos cuarenta y ocho kilos, un peso realmente exagerado para un toro de lidia. Su nombre era Afilador. Parece ser que se pasaba los días restregando (afilando) los cuernos contra las paredes de piedra, los troncos de las encinas o las cancelas de hierro. Los demás machos le tenían verdadero pánico y ninguno se había atrevido a discutirle el liderazgo. Eran historias del mayoral que había hecho circular el ganadero, hoy trajeado y presente en la barrera.
Un mugido ronco estremeció al monosabio y puso en guardia al respetable. El ganadero no se había quitado el sombrero cordobés, fumaba un habano y sonreía como de soberbia, mostrando unos dientes corvos y amarillos. >>