sábado, 19 de octubre de 2013

IES Ramón Carande, 1988. Pedazos en Jerez



Y así acabó el curso, al fin, con aquel último día de clase de 1988: la pobre Socorro, apartada para siempre de las comunas salmantinas, trataba de hacer amigos con un pajarillo que apenas sí podía sostenerse en pie sobre las baldosas de la clase (le habían rebanado las alas) y respondía a las atenciones de la buena mujer piando con la desesperación que sólo puede dar el consuelo imposible.
Juan Carlos ya andaría por la lejana Madrid, celebrando en la sala de profesores el fin de un breve curso que acabaría maldiciendo para siempre. Su sustituta, Dolores de Sevilla, seguía pululando rabiosa entre pupitres, como espíritu de monja que regresase al mundo de los vivos después de constatar la ausencia total de paraíso.
Y, entretanto, soñaba Soledad, mi Soledad, a la que, no hacía mucho, le había sido extirpada la masa doliente de un amor-tumor de juventud, dejándole por todo el interior de su pecho un mar de úlceras sangrantes; mi Soledad, que trataba de cerrar sus heridas compulsivamente, rociándolas con sucedáneo de coñac y el amargo jugo de un puñado de aceitunas.

No hay comentarios: