miércoles, 30 de octubre de 2013

Lluvia de difuntos



Llueve. Está lloviendo. Llueve y la chica se mira en el espejo. Fuera repican pasos de personas agitadas. La misma gente que se da codazos por remojarse en la playa, suele huir en cuanto caen las primeras gotas. Sigue lloviendo. El vaho y la herrumbre del espejo no le permiten distinguir ciertos detalles en el rostro. Observa cómo los cabellos, ensortijados en complicadísimos tirabuzones, recortan el óvalo de la cara empolvada. Sigue lloviendo. Aquellos que se preguntan con insistencia qué significa la muerte, no quieren saber en qué consiste, realmente, la vida. Con los dedos embutidos en un finísimo guante de seda, la mujer se acaricia los bucles cobrizos que le coronan la frente. Una mano impertinente toca el hombro de la chica que se mira en el espejo. Vámonos, cariño, no hay nada interesante. Y la mujer de rostro empolvado desaparece. ¿La has visto?, pregunta la joven a su acompañante. Fuera repican pasos de personas agitadas. Sólo tengo ojos para ti, mi amor, responde él, con voz engolada. La chica se atusa su negro flequillo, contemplándose, estupefacta, en el espejo del anticuario. Está lloviendo. No sabe si huir o quedarse. Sigue lloviendo. Llueve.

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