martes, 29 de marzo de 2016

El toro que no era Ferdinando - (I de IV)

 - Basado en hechos reales -
toro ferdinando torico fuente teruel
El toro que no era Ferdinando


Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5:5)
Todos vimos cómo resollaban los toros bravos por la rejilla del remolque. Habíamos madrugado para poder contemplarlos, pero el día de nuestra Patrona anunciaba tormentas y nos llevaba a pensar que la función de esa tarde se suspendería. Estaba proyectado uno de esos espectáculos de recortadores (personas que esquivan con acrobacias las embestidas del animal), en los que pocas veces hay sangre ni violencia, gracias a la pericia de los chicos, aunque sí son corrientes los duros golpes, las contusiones y los sustos mortales.
Sin que nadie lo notara, las nubes habían ido fraguando un colosal conjunto de grumos negros. Aun así, acudimos todos a la plaza porque la sola estampa de los morlacos merecía el riesgo y el riesgo era, justamente, lo que allí nos congregaba. Nos dábamos codazos por ver a los toros, ahora en los corrales, allí todos tan adustos, amenazante la mirada, su monumental estructura, las narices lanzando violentos chorros de vapor contra el viento de la tarde como si rebosaran de las mismísimas calderas del infierno, concebidos para dar muerte al extraño.
Lloviese o no, los recortadores saltarían a la arena del coso: Eran malos tiempos para rechazar trabajos, aunque estuviesen empeñados con la vida. Comentaban, de hecho, que un recortador era abogado en ejercicio, y que otro de los chicos había logrado una matrícula de honor aquel mismo año, en el segundo curso de medicina.
Lloviese o no, los toros galoparían feroces, recorrerían el círculo rabiosos, babeantes, dispuestos a verter la última gota de sangre por el rebaño que custodiaban y del que tan bruscamente habían sido apartados.
Los muchachos ya calentaban sus músculos en el centro de la plaza, ataviados con camiseta y pantalón de color blanco, ciñendo una faja roja a la cintura. Cayeron las primeras gotas de lluvia. Conforme avanzase la tarde, la arena terminaría convirtiéndose en un lodazal resbaladizo, como una trampa redonda y mortal. Parecía ésta una contingencia que los recortadores, a juzgar por la descompostura de sus rostros, no se habían detenido a considerar. Todos los presentes guardábamos silencio, hasta, alguno, pensaba si no hubiera sido mejor suspender directamente el espectáculo. Sonaron clarines y timbales. Un monosabio recorrió el perímetro de la plaza con la cartela que tenía apuntados con tiza los datos del primer animal: estaba marcado por el hierro de La Corte, era de color negro zahíno y había arrojado en la báscula seiscientos cuarenta y ocho kilos, un peso realmente exagerado para un toro de lidia. Su nombre era Afilador. Parece ser que se pasaba los días restregando (afilando) los cuernos contra las paredes de piedra, los troncos de las encinas o las cancelas de hierro. Los demás machos le tenían verdadero pánico y ninguno se había atrevido a discutirle el liderazgo. Eran historias del mayoral que había hecho circular el ganadero, hoy trajeado y presente en la barrera.
Un mugido ronco estremeció al monosabio y puso en guardia al respetable. El ganadero no se había quitado el sombrero cordobés, fumaba un habano y sonreía como de soberbia, mostrando unos dientes corvos y amarillos. >>

No hay comentarios: