martes, 20 de septiembre de 2016

Nadie ¿basado en hechos reales?


Nadie. Dos. Dos y una. Dos copas, una botella; cava, gominolas. Gominolas, bombones, pétalos de rosa, rosas, jazmines, un chaqué mal doblado, vagos de arroz, el velo blanco, un hombre, una mujer, inquietos, intrigados, expectantes. Nadie abría el cajón de la mesilla, nadie. Nada había en él, ni móvil, ni tarjetas, ni gafas, ni llaves. Nada había. Nadie abría nada. Nadie.
Hubo allá, en tiempos, una niña aburrida merodeante; unos padres sorbiendo ponche en la ceremonia de sociedad, abajo, en el salón y, alocada, una amante, una querida sin rumbo, sin corsé ni rumbo, y un abuelo cazador que maldecía en medio de los valses.
Hubo una niña aburrida que registraba el cajón mientras la querida apartaba a papá del tumulto y lo conducía al cuarto de aseo que usaba el servicio: camareros, criadas, mayordomos, cocineras, amantes...
Hubo una esposa dolida que, aturdida de celos, encarrilaba el pasillo del sótano. Un abuelo que sangraba orgullo mientras juraba venganza en el salón, rifle en mano. Hubo un glissando descendente, anunciando que la orquesta se desperdigaba, una criada cómplice que daba aviso al semental; un señorito que saltaba por el respiradero y se escabullía entre los árboles; hubo un anciano cazador que corría hacia el porche, zigzagueante.
Y en el vapor agridulce de la fiesta, sonó un trueno, se estremecieron los collares, se quebró el cristal de los monóculos. Comenzó a llover. Los relojes de platino detuvieron sus mecanismos palpitantes...
Hubo confusión al punto:
Si no hay tormenta – si no he sido yo – si no ha sido el rifle – si no está cargado – si no ha sido nadie... 
Y luego, todos corriendo, tropezando, corriendo y corriendo escaleras arriba, y después llanto, dolor, histeria, dolor y más llanto: El augusto cazador, el semental ilustre y su oficial abnegada enjugando sus rostros ante una niña fría, un ardiente revólver y el cajón abierto en la mesilla; justo donde hoy medita, recién estrenado, el joven matrimonio. Si yo no lo he abierto, ni tú lo has abierto – indaga el marido – ¿Quién es quien lo abre? Aletea entre sus piernas una sombra diminuta, despavorida, que sale de debajo de la cama, sonríe y se evade. Nadie.

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